Anoche lo hice en sueños como nunca lo hice en su vida. Es saludable pelearse con la madre, ahora lo entiendo, cagarla a gritos, dejarla chiquitita, aplastada contra su mesa de dibujo, arrepentida de haberse metido con tu hijo, su nieto. Siempre tuve miedo de hacerla sentir mal, siempre la protegí de sí misma, traté de evitarle que viera las zonas oscuras de su vida, las cobardías, los renuncios. Pero mi vida misma se los echaba a la cara. Me doy cuenta ahora de que hay gente que se muere joven para no tener que soportar la mierda que hizo de su vida, todo lo que no logró, todo lo que no quería y ahí está, sus hijes incluídes.
Yo que siempre pienso que mi madre vería contenta qué bien me salió todo, que mis hijes no son drogadictes ni delincuentes, que estoy logrando mis cosas, que me jubilé, que soy feliz. Y no sé si para ella eso sería bueno de ver. Mejor quedarse con la idea de que yo, la rebelde, la contramano, tendría una vida de mierda porque elegí cosas que ella me dijo que estaban mal, que ella no se animó a elegir aunque las deseaba.
En el sueño yo le gritaba que Rafael estaba bien, iba a estar muy bien, era un nene fuerte porque lo había educado yo y no ella. Ella retrocedía, aceptaba, llorizqueaba, no pedía perdón pero aceptaba. Y yo era un tromba de furia, un descargo completo de "esta ahora me va a escuchar". Catártico.
En otra parte aparecía la boluda de mi hermanita. Haciéndose la buena. Había en el fondo de "la casa", no sé si la de mi mamá o cuál porque no era como es, una construcción aparte que era donde vivía ella. Un monoambiente, una heladera sucia y llena de wevadas. Fido se caía al entrar porque no había escalera y era como hundido. Yo lo rescataba, lo ayudaba a bajar. No me acuerdo más salvo la sensación de "yo estoy bien y esta gente que me hizo la vida imposible está muy equivocada". Y no necesito irle a decir mis conclusiones a nadie. Se ve que se me mezclaron imágenes diurnas de auxilio a Fido, trabajo nuevo de rafa y unas definiciones de maneplaining, nuevo término feminista que designa la gestión de las emociones ajenas de la que nos hacemos cargo las mujeres normalizadamente.
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