Tomo un té digestivo con sobredosis de manzanilla agregada, Rafa toca la batería en su casa detrás de mi patio, leo la novela de Tatiana Tibureac, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. Cuando la emecé la rechacé por su violencia verbal. Cuando vi en un video de qué trataba dije que no iba a poder leerla: la voz violenta era la de un hijo adolescente que odia a su madre pero así y todo tiene que acompañarla a morir de cáncer. Una monstruosidad. Pero en el taller de literatura moldava que hago los miércoles leímos unos fragmentos que me atraparon por su belleza. Hoy me puse a leerla de corrido, viendo qué pasa. Y acá estoy embellecida de belleza, embotada de perfección.
Rafa toca rebien la bata. Pone una canción en mi parlante y toca arriba, se une al ritmo, hace sonar todos esos tachos que está tan orgulloso de haber conseguido después de años de buscarlos. No me siento culpable por atender a este hijo más que a les otres, por tenerlo más y más tiempo cerca, ¿por qué siempre estoy dando excusas de todo lo que hago? Me gusta cómo hace música, su libertad y su creatividad que tanto he deseado para mí y que para mí es un desaprender, un ir a buscar proque me la quitaron. Pienso que Magdalena tiene la plástica y lo artesanal, que Julián tiene sus hijas, mis únicas nietas, que les tres tienen cosas que amo profundamente y que son parte central de mí misma, aunque no haga falta que les equipare ni les compare.
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